martes, 23 de febrero de 2016

SI MI QUERENCIA ES EL MONTE

Hace unos meses vía twitter se dio un interesante intercambio con una seguidora de la tendencia del Gobierno sobre la planta moringa. Mi tweet inicial se refería a la noticia (que parecía muy exagerada además) sobre la siembra en Apure de más de un centenar de tipos de esta planta que aparentemente tiene potencial medicinal. A criterio personal los recursos naturales y humanos deben enfocarse en la actualidad a cultivos que satisfagan la demanda de alimentos, dada la extrema escasez que se vive. Ese no es el criterio de la ciudadana que quiso ¨conversar¨ un rato. Básicamente se refirió a la posibilidad de reconocer los aspectos positivos de la iniciativa del cultivo de esta planta.
Lamentablemente cuando se cuenta con la experiencia personal de haber vivido cerca del cultivo de la tierra, son otras las variables que se manejan y por eso se hace imposible dialogar con un venezolano que vive en las grandes ciudades captado por el discurso político. Tuve la suerte de vivir en una granja de no más de dos hectáreas en el exhuberante estado Yaracuy. Allí aprendí cuánto se tarda en ¨parir¨ (así dicen los campesinos) un árbol de aguacate, una mata de plátano, una de quinchoncho... o cuando florecen las mandarinas. Para los años ochenta, cuando nos fuimos desde Caracas a vivir un sueño de pequeños productores, la crisis por el agua era igual a la actual. A nuestro pequeño paraíso llegaba agua por tubería desde el acueducto, pero sólo de dos a seis o siete de la tarde. Eso hacía que los días de verano que ocupan de enero a mayo, fueran eternos tratando de poner una precaria manguera cercana a las raíces de los árboles menos profundos como los cítricos. El vecino, que contaba con mucho más potencial económico pudo cavar un pozo para obtener agua, pero tuvo que explorar hasta casi sesenta metros. Eso fue hace más veinte años, la situación actual de esa zona la desconozco. Pero ese puede ser más o menos el panorama de los pequeños productores de conucos que tanto se mencionan en la actualidad. Para nosotros en aquella época era habitual ir a comprar el fertilizante y el desmalezador químico. Fuimos aprendiendo que eran necesarios oyendo a los campesinos, pero jamás tomamos un curso de sus efectos sobre los suelos, las cantidades necesarias, las alternativas ecológicas y otros interesantes tópicos. Sencillamente el conocimiento sobre estas herramientas se lograba con el boca a boca. El exceso de producción escasamente lo podíamos sacar de la granja, teníamos un automóvil Malibú que realmente no estaba diseñado para esos trotes, así que dependíamos de los camioneros que recorrían todos esos caminos llevándose las cargas a precio de gallina flaca. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Recuerdo una colección de libros sencillos pero excelsos, publicados por el INCE sobre diferentes rubros. Con ellos aprendimos algunas cosas, como por ejemplo que las hojas amarillentas y pintadas de los cítricos es una enfermedad que comúnmente la llaman ¨tristeza¨, tan aniquiladora como la depresión para cualquier ser humano y que puede dejar el tronco enjuto y lúgubre. Era mucho lo que había que hacer en el terreno, muchas maravillas pero también muchos retos. Allí también nos dimos cuenta de que el suelo tropical venezolano es bendito, aunque los estudios digan que no todos son del tipo I, es decir, aptos para sembrar. De esa época los recuerdos sublimes abundan pero también la experiencia y los argumentos ante cualquier idea tísica que sale de la mente de un político citadino. La alimentación de un pueblo que cada día puebla más los centros de trabajo y abandona el campo no puede depender de conuqueros ni pequeños productores. Estos últimos no pueden garantizar la calidad de un alimento, el manejo adecuado de químicos, la rotación de suelos, la conservación de manantiales, la distribución de sus cosechas, el abastecimiento de mercados y fábricas. Puede que la mejor alternativa sea un sistema mixto, donde se respete a pequeños, medianos y grandes, pero la logística debe ser una maquinaria de exactitud suiza, donde se calibren constantemente todas los engranajes, donde se planifique muy bien cuánta tierra se destina a qué rubro. La moringa, por tomarla como el punto de partida de este texto, puede ser la panacea medicinal del siglo, pero definitivamente aunque se siembren cien especies, dista mucho de ser la respuesta a la gran crisis alimentaria de un país de recursos privilegiados. Lo ideal sería que un gobierno consciente y responsable se sentara en mesa redonda con todos los nacionales conectados con el agro y se hicieran planes en conjunto. Soñar no cuesta nada, pensar en pajaritos preñados, como decía mi abuela y en conucos, es fácil, lo complicado y desolador es ver a los venezolanos deambulando por alimentos en un territorio de clima benigno perenne que debería abastecerse y exportar, como en otros tiempos.

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