lunes, 15 de diciembre de 2014

¿CÓMO AVENTURARSE A JUZGAR A LA COP20?








Heidy Ramírez Schmegner

@ideagenial
El intercambio en los últimos años ha estado caracterizado por la adjudicación de culpas entre países subdesarrollados y desarrollados. Las naciones del tercer mundo han dicho que los que emanan más gases son los más industrializados, y por ende, los que tienen que reducir y comprometerse y además financiar a las naciones más pobres para diseñar estrategias y emprender acciones. Algunos países desarrollados han tomado las riendas de sus propias políticas y no han querido integrarse a los pactos mundiales, otros, sin embargo se han portado como conciliadores entre las diferentes posturas. La gran conclusión de estas últimas décadas es que ha sido un tiempo precioso perdido en diplomacia, que el proceso de cambio climático ha obviado mientras sigue su curso y aumenta la amenaza, a tal punto que ya no se habla de mitigar, esto es, reducir los impactos, sino de adaptación, que es lo mismo que resignación a que vendrán fuertes alteraciones de la vida en el planeta y sólo quedará ajustarse. 


Esta vez, se aprobó un texto en el cual todos los países participantes presentarán ante la ONU a lo largo de 2015 sus compromisos de reducción de gases de efecto invernadero pero ¨cuantificables¨. Es algo novedoso, principalmente porque obliga a los gobiernos a tener infraestructura de investigación y monitoreo de emisiones de gases para emitir cifras, por lo que también será necesario seguramente que los gobiernos tengan dependencias oficiales relacionadas con el cambio climático. Y más que eso, uno de los ingredientes atractivos es que ya todos son responsables, independientemente de tamaño, desarrollo o tendencia política y se aleja el paradigma de que los países desarrollados debían responder al ser responsable del 80% de las emisiones globales. La gran interpretación es vital y por fin se empieza a captar la idea: el compromiso es de todos. Se trata de un gran avance a pesar de que se ha trasladado la expectativa a  París 2015 cuando se aprobará un nuevo acuerdo que lleve tal vez a sustituir al Protocolo de Kioto, en vigor desde 2005, que tan solo obliga a reducir emisiones a los países desarrollados.
 

No obstante después de la COP20 no han faltado las críticas y los ataques frontales, justificados vale decir, por la importancia del problema y la toma de decisiones urgentes. Pero si se analiza con justicia, no es tan fácil aventurarse a juzgar. Básicamente, reunir a representantes de casi doscientos países durante 14 días es un ya un logro y más allá, pretender que se pongan de acuerdo es casi un milagro. Particularmente si se piensa que todavía hay sectores que ignoran el problema del cambio climático o dudan de su veracidad científica, y que ello puede ser el equivalente a millones de pobladores del planeta, la búsqueda de un diálogo comienza a complejizarse. A esta consideración podemos agregar que ciencias como la Ecología, son mucho más jóvenes que las tradicionales que han tenido una internalización mayor en el ser humano.  También el término ¨ambiente¨ está en constante transformación y es apenas en el siglo XIX o quizás más tarde, cuando se empieza a pensar en el hombre ya no como centro del mundo, sino como especie que es una invitada más a la convivencia planetaria. De la Revolución Industrial, que se desarrolló en la segunda mitad del siglo XVIII, uno de los focos de los problemas ambientales actuales, podemos decir que sus consecuencias tal vez comenzaron a ser concientizadas ya en el siglo XIX. Así también tenemos dos guerras mundiales que soportó el entorno natural y que lo afectaron incalculablemente. Estallidos nucleares, explosión demográfica impulsada por los avances científicos que han elevado la expectativa de vida, aumento del consumo de recursos naturales y de bienes elaborados y tantos otros elementos que han hecho historia y cuyos efectos definitivamente son insalvables en tan sólo veinte años de conversaciones. Podría decirse que aunque la COP20 dejó sin resolver asuntos trascendentales como la fiscalización de los compromisos de la reducción de emisiones de cada país, el reconocimiento de pérdidas por las alteraciones climáticas y los planes inmediatos a emprender, juzgar y criticar negativamente la conciliación mundial no es una posición muy objetiva. Probablemente resultaría más constructivo pensar en cómo apoyar a cada país para acelerar sus estrategias frente al cambio climático y alinearlas en lo que debe ser el eje global de ellas: la preservación del planeta con sus componentes bióticos y abióticos, apto para la convivencia de todas las especies y generaciones actuales y futuras. Y con total y absoluta certeza sería aún más loable si en lugar de ver la COP como un extraño de alcurnia, que ¨nos¨ resolverá el problema, al cual ignorar o criticar desde una organización o marcha verde, cada instancia, familia, grupo social o ciudadano comenzara a tomar pequeñas acciones diarias, incluidas aquellas medidas de presión para sus instancias de gobiernos (llámese alcaldías, consejos comunales, gobernaciones, concejos municipales y otros) para tomar las riendas del trabajo frente al cambio climático.


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